La otra cara de las residencias

Cuando necesitamos que nos cuiden nada debería fallar.

Por: Merce Martínez

apoyo a los ancianos de las residencias

La vejez es un momento de nuestra existencia que forma parte del ciclo natural de la vida. Es en ese instante cuando hemos alcanzado un estado pleno de maduración, donde ya hemos realizado gran parte de nuestro recorrido vital, creciendo con la vivencia de todo tipo de experiencias: cada persona ha disfrutado de las suyas. 

Muchas veces, cuando llegamos a ese punto y nuestras fuerzas vitales merman, decidimos, ya sea por propia voluntad o por los deseos de los más cercanos, que tenemos que ser cuidados por otras personas. Es entonces cuando nos planteamos las distintas opciones que tenemos a nuestro alcance para poder llegar a ese objetivo: que nos cuiden. 

Actualmente en España, según el informe “Un perfil de las personas mayores en España 2019” del portal www.envejecimientoenred.es, sigue en marcha el aumento de población con una media de edad de 65 años o más. 

Por otra parte, según fuentes oficiales del INE, a 1 de enero de 2018 había 8.908.151 personas mayores, un 19,1% sobre el total de la población que era de 46,7 millones de personas. 

Según proyecta el Instituto Nacional de Estadística, dentro de 50 años (en 2068) podría haber más de 14 millones de personas mayores, un 29,4% del total de una población que alcanzaría los 48,5 millones de habitantes. 

Los datos nos demuestran con creces que el futuro próximo es que en este país tengamos una casi superpoblación de gente de la tercera edad, que cuanto más mayores se hagan, más necesidades tendrán de que los cuiden: Y ahí entra casi de forma innata el negocio de las residencias.

La mayor parte de las personas o familiares de personas que deben ser cuidadas optan por la las residencias. Un lugar que se convierte en tu hogar y donde personas formadas y profesionales te cuidan las 24 horas del día y te proporcionan todo lo que necesitas, por un módico precio: 2.000€ al mes (de media, según fuentes consultadas). Sí, el hecho de ser “cuidados” por profesionales no es económico ni está al alcance de la mayoría de personas que necesitan dichos cuidados. Por desgracia. 

Según el portal Inforesidencias, el sector del negocio geriátrico sigue actualmente en auge. La demanda es clave y eso ha supuesto un aumento de los precios y una mayor ocupación de las plazas. Este portal comenta que “Los ingresos se dividen entre las plazas privadas en su totalidad, plazas públicas de gestión privada y las concertadas. Las primeras suponen el 59 % de la facturación total y un valor de 2.560 millones de euros. Las concertadas son el 30 % del total, con 130 millones de euros y las plazas públicas de gestión privada son en 11 % restante.”

Tal y como recoge la página del Gobierno ‘Envejecimiento en red’, el número de centros residenciales en nuestro país es de 3.844 privados y 1.573 de carácter público. Es decir, en total hay 5.417 residencias de mayores en todo el territorio estatal. Si tenemos en cuenta que en una residencia hay una media de 20 personas trabajando que cobran un salario bruto anual (SBA) de 15.000€ aproximadamente (puesto que muchas residencias contratan en base a categorías inferiores a las funciones que se realizan) el coste de la masa salarial de las residencias de España es de 1625,1 M€, con lo que se deduce un margen de beneficio muy alto para los centros.

Algunos se preguntarán, ¿Cómo es posible que sea tan caro que te cuiden? Pues sí, lo es. Desde el punto de vista de las residencias, este presupuesto es el necesario para mantener desde las instalaciones donde la persona va a vivir, todos los servicios que va a tener a su disposición (alimentos, sanidad, cuidado personal…), hasta el soporte de los profesionales que trabajan en el centro. Pero, lo cierto es, que hasta que no te encuentras dentro de una de ellas, ya sea como trabajador, como residente o como familiar habituado a visitar a la familia que tienes allí, no vives realmente cómo funciona este mundo. 

Como en todas las empresas, siempre aparecen algunos problemas que no se suelen ver. Por ejemplo, que algunos trabajadores no están cualificados o no han recibido la formación adecuada  para cuidar de las personas mayores, o no tienen el suficiente tacto como para saber llevarlas. Eso puede suponer un problema grave. También ocurre a veces que hay servicios que no entran exactamente dentro del “pack” que te habían comentado en un inicio y tienes que pagar algo extra. Ya se han dado algunos casos en los que los familiares han descubierto ciertos gastos “adicionales” que no les han gustado, pero ya sea por miedo a que traten mal a sus familiares internos o porque no tienen pruebas suficientes, no se suelen denunciar, y de ahí que muchas residencias tengan cierta vía libre en según qué acciones.

Pero, por otro lado, sabemos que, en repetidas ocasiones, los sindicatos a los que pertenecen los trabajadores de las residencias han denunciado la precariedad laboral del sector; debido, en gran parte, a las condiciones salariales definidas por el convenio. Esa precariedad supone dificultades para encontrar profesionales que cubran los puestos de más alta demanda de los centros. La Federación de Sanidad y Sectores Sociosanitarios defiende que, si no mejora la situación laboral de los trabajadores, los riesgos para los residentes serán inminentes, sobre todo la falta de atención a los pacientes, que puede volver a recaer muy fácilmente en los familiares.

Vamos a por los datos estadísticos (datos de eldiario.es de Septiembre 2019) del panorama de estos profesionales dedicados al cuidado de personas mayores en residencias, para hacernos una idea de la situación: “Un estudio todavía por publicar del Sindicato de Enfermería (SATSE) concluye que en España hay 0,06 enfermeras por cada cama de residencia de mayores –privadas y públicas–, lo que se traduce en una media de 109 pacientes a cargo de cada profesional. En Madrid esa ratio trepa a 261; en Castilla y León a 225 y en Extremadura a 204.”

De estos datos podemos extraer que el principal problema del colectivo de profesionales del sector, y el más común en todos estos centros, es la carga excesiva de trabajo, que es evidente que resulta inasumible para estos trabajadores; la atención a los residentes pierde en calidad y por lo tanto afecta directamente al bienestar de dicha persona, lo que puede llegar a incidir también en su salud. 

Toda esta situación también provoca un grave problema de lo que se suele llamar “fuga de cerebros”, es decir, la casi “obligación” del personal que trabaja en estos centros de buscarse nuevos puestos de trabajo que puedan cubrir sus expectativas laborales, sobre todo a nivel salarial. Y este problema viene seguido de una cuestión inmediata: si los profesionales se van de los centros para labrarse un futuro mejor ¿Quién se ha de encargar de que los residentes puedan tener una estancia y vida dignas? ¿Volverá el cuidado de los ancianos a manos de los familiares si la situación del sector no mejora? ¿Dejaremos que los derechos de los residentes se vean mermados por la precariedad del sector? ¿Qué puede hacer la sociedad contra esta situación? Muchas son las dudas que surgen respecto a este problema, latente en nuestros días, pero sólo una cuestión queda clara: Si la situación prosigue de la forma antes descrita, ¿cómo será la vejez para los que aún somos jóvenes?

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